¿Y si en el Universo primitivo existieron gigantescos grumos cargados, como centellas del tamaño de una estrella? Los físicos lo comprobaron: acumular semejante carga es casi imposible, el plasma la neutraliza rápido y no pueden acelerar la expansión cósmica. Quizás estos invisibles fueron las semillas de las primeras galaxias.
El universo se está expandiendo cada vez más rápido. Surgió una hipótesis: ¿y si no la energía oscura lo empuja, sino objetos supermasivos cargados, los astrones? Pero para que su repulsión eléctrica supere la gravedad (descrita por la curvatura del espaciotiempo), se necesita una carga enorme. El gas cayendo común solo proporciona una fracción ínfima. Es como intentar soplar una nube: el gas circundante neutraliza al instante el exceso de electricidad.
El gas ionizado cósmico funciona como un silenciador: las cargas libres fluyen y apantallan el campo del astron. Como un grito en un huracán rugiente, la señal eléctrica se ahoga sin alcanzar a los vecinos. Y si milagrosamente apareciera la carga, el objeto mismo dejaría de parecerse a un agujero negro: desaparecería el horizonte de sucesos, y la luz apenas se curvaría a su alrededor — sin sombra, sin anillo nítido.
Pero incluso entonces, los astrones no podrían imitar la energía oscura. Su electricidad colectiva se disiparía demasiado rápido con la expansión, como la radiación común. Para la aceleración se necesita una fuerza que apenas se debilite con el tiempo. Las futuras simulaciones por computadora y telescopios como el James Webb, que busca el corrimiento al rojo de las galaxias, ayudarán a comprobarlo. Por ahora, el misterio de la materia oscura y la energía oscura sigue sin resolverse. En la búsqueda de respuestas, los científicos se apoyan en las ecuaciones de Lemaître, Schwarzschild y Maxwell.
🎯 Un astron con una carga enorme no tendría sombra como un agujero negro: la luz no desaparecería tras el horizonte, sino que apenas se curvaría alrededor del objeto, como si fluyera en torno a una esfera invisible.