Cuando una estrella se convierte en una enana blanca —un remanente superdenso del tamaño de la Tierra—, su atracción de marea desgarra los asteroides y cometas que pasan, provenientes de los restos de sistemas planetarios. Es como apretar una galleta seca en el puño: se rompe en pedazos grandes, no en migajas.
La fuerza que mantiene unidas las partículas impide que los fragmentos sean menores a cientos de metros: surge una «barrera kilométrica». Solo las largas colisiones dentro del enjambre denso los desgastan gradualmente hasta convertirlos en polvo cósmico.
Esta fábrica de polvo explica el parpadeo de la estrella: a veces el polvo la eclipsa. Los astrónomos lo monitorizan mediante análisis de luz, mediciones de brillo y registro de eclipses. El Telescopio James Webb verificará los detalles. Por cierto, una enana blanca no pesa más de 1,4 veces el Sol: el límite descubierto por Chandrasekhar.
🎯 En el sistema solar, los cometas rasantes al Sol también se fragmentan en trozos kilométricos al acercarse al astro, de acuerdo con el modelo.