Dos micrófonos sensibles escuchan el universo. Uno oye un zumbido grave, el otro casi nada. No es que estén averiados, sino cómo están orientados.
Los observatorios de ondas gravitacionales como LIGO no solo captan los estallidos fuertes de las fusiones de agujeros negros. Intentan oír un fondo tenue y constante: el eco de eventos lejanos mezclado en un rumor general. Para extraerlo del ruido, comparan las grabaciones de dos detectores muy separados. Pero, como han descubierto los autores del trabajo, la distancia por sí sola no basta. También importa el ángulo con el que los 'brazos' de un interferómetro apuntan a los 'brazos' del otro. Si están orientados de forma desfavorable, la señal común puede casi desaparecer del registro conjunto.
Este efecto afecta tanto al fondo uniforme que llega de todas direcciones como a sus fuentes individuales. Es como la antena de una radio antigua: giras un poco y las interferencias desaparecen, aparece la música. Solo que aquí la 'música' es el susurro del universo temprano o el coro de estrellas de neutrones lejanas.
Los dos micrófonos siguen escuchando. Ahora, sabiendo de esta 'sordera' por rotación, los astrónomos pueden calcular de antemano cómo colocar los instrumentos para no perderse la voz más tenue del cosmos.
El fondo de ondas gravitacionales no es solo un ruido uniforme. Puede tener 'puntos calientes': regiones del cielo de donde llega un poco más de señal, y la orientación de los detectores influye aún más en su búsqueda.