Un agujero negro en un libro de texto se asemeja a una esfera perfectamente lisa: todo lo que está afuera puede escapar tranquilamente al infinito. Sin embargo, la teoría cuántica de la gravedad pinta un cuadro diferente. Recientemente, en el marco de la gravedad cuántica de bucles, se encontró una solución: un agujero negro 'de Kruskal', donde el espacio-tiempo más allá del horizonte se comporta de otra manera. Lejos de él no hay el vacío habitual: allí parece estar derramada una energía invisible que impide que las partículas masivas se alejen demasiado. Esto se asemeja a un remolino en el océano, alrededor del cual el agua no se calma, sino que permanece agitada a cualquier distancia.
Los físicos aplicaron a este agujero el método de cálculo de la polarización cuántica del vacío, una forma de medir cuánto 'hierve' el vacío bajo la acción de la curvatura. Calcularon numéricamente la magnitud que muestra la actividad del campo escalar en el exterior. Resultó que el parámetro clave de los modelos de tipo cuántico (épsilon, que controla la fuerza de las correcciones) intensifica la vibración del campo justo en el horizonte. Un poco más lejos aparece una cola negativa débil: la respuesta del campo al fondo curvo, que no existe en un agujero negro de Schwarzschild ordinario.
El cálculo se convirtió en una prueba de consistencia: las fluctuaciones cuánticas siguen fielmente la curvatura local, sin generar anomalías salvajes en el exterior. Este es un paso pequeño pero importante para comprender cómo el espacio-tiempo curvo y el mundo cuántico conviven.
El parámetro épsilon en este modelo es tan pequeño para agujeros negros reales que incluso los instrumentos más precisos no notarían la diferencia con un agujero negro ordinario: el efecto se pierde en los ruidos naturales del cosmos.
En la novela 'Solaris' de Stanisław Lem, el océano del planeta parece sentir la presencia de los humanos; de manera similar, el campo cuántico 'siente' la curvatura del agujero negro, respondiendo incluso a correcciones insignificantes.