Imagina el universo primitivo como una campana de dimensiones inimaginables. La inflación —la época de expansión acelerada ideada por Alan Guth— la golpea, y una onda se propaga por el tejido del espacio-tiempo. Parte de esa onda se congela en forma de vibraciones gravitacionales; otra, se transforma en partículas invisibles. Esa es la esencia del nuevo trabajo: un único pico pronunciado en el espectro de inhomogeneidades primordiales genera a la vez materia oscura superpesada y un fondo estocástico de ondas gravitacionales en frecuencias de alrededor de un megahercio. Además, la producción de agujeros negros primordiales resulta suprimida, lo que concuerda perfectamente con las observaciones.
La física subyacente es simple y elegante. En la era anterior al Big Bang, el universo está lleno de radiación y campos. Las inhomogeneidades primordiales —las mismas que más tarde se convertirán en galaxias— crecen a escalas ultrapequeñas hasta alcanzar amplitudes gigantescas. Ese pico en la distribución de curvatura tuerce el espacio más que cualquier lente: del vacío brotan pares de fermiones. La masa de estas partículas es colosal —del orden de cien millones de gigaelectronvoltios, decenas de millones de veces más pesadas que el quark más masivo conocido. Justamente ellas podrían constituir esa masa oculta cuya existencia conocimos gracias a las observaciones pioneras de Vera Rubin sobre la rotación de las galaxias. Esa materia oscura no encaja en el Modelo Estándar de la física de partículas, por lo que se requieren nuevos escenarios.
Mientras lees estas líneas, el hipotético zumbido gravitacional de megahercios, si existe, está estirando rítmicamente tu cuerpo una milmillonésima parte del radio de un protón —y ese temblor fantasmal será el que capturen los futuros detectores.
Pero ese mismo pico —la misma «cuerda vibrante»— genera también, inevitablemente, ondas gravitacionales. En el segundo orden de la teoría de perturbaciones, las inhomogeneidades escalares, al chocar entre sí y atenuarse, producen oscilaciones tensoriales de la métrica. Es un eco que recorre el tejido del espacio tras un violento tirón. Los cálculos muestran que la frecuencia de estas ondas cae en el rango de los megahercios —justo donde ya operan antenas de laboratorio altamente sensibles.
Esta conexión ofrece a los físicos una herramienta doble. Si los resonadores superconductores o las antenas magnéticas captan el ansiado «zumbido gravitacional», sus parámetros confirmarán un escenario concreto de inflación y permitirán pesar las partículas de materia oscura. Y si no lo captan, significará que la materia oscura es más ligera de lo que pensamos, o que se produjo de otra manera. En cualquier caso, la campana cósmica seguirá sonando, resonando en los mayores enigmas: desde la naturaleza de la masa hasta la gravedad cuántica.
Las frecuencias de megahercios no son solo cosa de la física de partículas; también son las de la antigua radiodifusión. Quizá algún día los científicos «escuchen» el nacimiento de la materia oscura como quien sintoniza conversaciones de lejanas emisoras de radio provenientes de la época de la inflación.