El diapasón más preciso del mundo no responde al sonido, sino al temblor del espacio. Los físicos convierten un cristal de zafiro en un detector para captar las ondas gravitacionales de los primeros instantes después del Big Bang. Esta «ondulación» del tejido del universo vibra miles de millones de veces por segundo y, posiblemente, esconde el secreto de la materia oscura.
El cristal, del tamaño de un puño, se enfría casi hasta el cero absoluto. Cuando lo atraviesa una onda gravitacional, sus átomos empiezan a vibrar. En frecuencias de resonancia específicas, se genera un «timbre» apenas perceptible: un flujo de fonones que captan los sensores basados en superconductores. Esto es la detección cuántica: medición de altísima precisión mediante efectos cuánticos.
El objetivo principal es detectar los agujeros negros primordiales, surgidos justo después del Big Bang. De ellos, probablemente, está hecha la materia oscura. Un conjunto de múltiples cristales permitirá también comprobar la teoría de la inflación cósmica. Para que el sistema funcione, hay que suprimir la decoherencia cuántica: la destrucción del estado cuántico por las interferencias. En el futuro, para amplificar la señal se usará el condensado de Bose-Einstein, un estado exótico de la materia. Pero la sorpresa principal: un cristal de diez centímetros interactúa con una onda gravitacional con la misma eficacia que un núcleo atómico captura un neutrón. Todo el cubo se comporta como una única partícula subatómica.
Un cubo de zafiro de diez centímetros capta una onda gravitacional con la misma probabilidad que un núcleo atómico captura un neutrón en vuelo. El cristal se comporta como una única partícula elemental gigante.