El horizonte de un agujero negro no es una pared, sino más bien una membrana de un solo sentido. Todo lo que lo cruza desaparece para siempre. Stephen Hawking demostró que este límite debería brillar débilmente, emitiendo partículas. Pero captar ese resplandor de un agujero real es imposible: está demasiado lejos y es demasiado tenue.
Los físicos han encontrado un camino alternativo: construir un agujero negro "de juguete" con átomos magnéticos. En una cadena de átomos, cada uno parecido a un pequeño imán, se pueden escribir ecuaciones casi indistinguibles de las que describen un agujero negro. Cambiando la forma de describir el espacio —como un cartógrafo que elige una proyección del mapa— se obtienen distintas disposiciones de los átomos. Pero a grandes escalas todas confluyen en la misma física: nace algo parecido a la covariancia general, el principio central de la teoría de la gravedad de Einstein.
Un experimento así está al alcance de los laboratorios actuales. No requiere telescopios espaciales, solo un cristal enfriado y mediciones precisas. Por primera vez surge la oportunidad de ver el nacimiento de partículas desde el vacío curvado por la gravedad, sin salir de la Tierra.
La radiación de Hawking es tan débil que un agujero negro con la masa del Sol emite más frío que el fondo cósmico de microondas: su temperatura es de unos 60 nanokelvins.
En 'Interstellar', los protagonistas esperan obtener datos de un agujero negro para salvar a la humanidad; un simulador de laboratorio podría ser el primer paso hacia ese diálogo con el abismo.