Un agujero negro es como una caja fuerte perfecta: todo lo que cae en su interior desaparece sin dejar rastro. Pero la mecánica cuántica susurra que, a nivel microscópico, la información no se pierde, sino que se registra en una "superficie" invisible. Entender ese registro es descifrar el funcionamiento de la gravedad.
Los físicos tomaron la teoría ABJM, una especie de "máquina de entrenamiento" para agujeros negros reales. Es lo bastante simple para hacer cálculos, pero conserva las propiedades clave. Con el aprendizaje automático procesaron datos con 800 dígitos de precisión, algo así como medir la distancia a la Luna con la precisión del tamaño de un átomo. La red neuronal buscaba una fórmula para el "superpotencial retorcido", una magnitud que acumula las contribuciones cuánticas como un cajero que cuenta las monedas al final del día.
Para tres casos particulares (k=1,2,4), el resto se expresó mediante una elegante serie infinita, la llamada q-serie. Converge absolutamente y reproduce los datos con una precisión fantástica, hasta 10⁻⁷⁹⁷. Es como si pudieras predecir el clima en cada milímetro cuadrado de la Tierra con un año de antelación y no fallar ni por un segundo.
Ahora los físicos tienen un mapa preciso para una clase de agujeros negros. Muestra cómo los estados cuánticos se organizan en una estructura clara, no en caos. El siguiente paso es comprobar si las mismas reglas funcionan para modelos más realistas. Quizás por primera vez hemos vislumbrado la letra con la que la naturaleza lleva la cuenta de todo lo que cae al abismo.
La precisión de 10⁻⁷⁹⁷ significa que si el error fuera del tamaño de un protón, la magnitud medida sería mayor que todo el universo observable.
En la novela "La ciudad maldita" de los Strugatski, los héroes intentan entender la lógica de un mundo regido por leyes incomprensibles; algo parecido hacen los físicos al desentrañar las matemáticas de los agujeros negros.