En invierno, en un barrio de la ciudad cae el triple de nieve que en el vecino. Un año hace calor, otro frío. Son los caprichos del tiempo. Pero a lo largo de décadas se observa otro cambio, más lento: los inviernos, en promedio, se vuelven más suaves. Distinguir uno de otro es la tarea principal de los climatólogos.
En la nueva investigación se propone calcular cuánto de los datos de temperatura o precipitación son fluctuaciones aleatorias y cuánto es un cambio persistente. Se utilizan modelos computacionales que se ejecutan muchas veces con condiciones iniciales ligeramente diferentes, obteniendo así un abanico de posibles climas. Luego se compara la dispersión entre estas variantes con el desplazamiento causado por un forzamiento externo, como el aumento del dióxido de carbono.
Resultó que el nuevo método funciona de manera más fiable que los anteriores, incluso cuando los datos están muy "dispersos" o contienen valores extremos raros. Lo importante es que el conjunto tenga al menos cuarenta variantes de cálculo. Cuando el forzamiento se intensifica, la proporción de aleatoriedad disminuye, y esto se ve con especial claridad.
Esta herramienta ayuda a separar el grano de la paja: entender qué hay en los pronósticos climáticos que realmente se debe a la actividad humana y qué es simplemente variabilidad natural, como una nevada inesperada en mayo.
En uno de los escenarios de simulación, el calentamiento resultó tan fuerte que las fluctuaciones aleatorias de temperatura casi dejaron de influir en el panorama general: la señal del cambio climático se volvió evidente.