Un diapasón suena con una sola nota mientras no lo alcance el temblor del suelo. Un fotón en el espacio vacío se parece a ese diapasón: su polarización puede ser estrictamente vertical u horizontal, y ese es un estado cuántico puro. Pero el espacio de alrededor no está vacío. Lo atraviesan ondas gravitacionales que estiran y comprimen todo lo que encuentran a su paso. La decoherencia es precisamente ese momento en que el temblor del suelo empieza a desafinar el diapasón.
En trabajos anteriores este proceso se calculaba para un campo escalar, es decir, para un objeto que no tiene dirección. El fotón es más complicado: tiene polarización, y hay que cuidar que el cálculo no dependa de cómo miramos el sistema. Los autores del nuevo artículo sortearon esa dificultad eligiendo como reloj al propio campo gravitatorio. Este truco se conoce como relojes relacionales, pero la esencia es sencilla: el tiempo no lo marca un observador externo, sino el propio devenir de los acontecimientos.
El resultado fue una ecuación que describe cómo el fotón va perdiendo poco a poco su pureza cuántica. En ella no hay simplificaciones de las que suelen hacerse para facilitar el cálculo: ni aproximación de Markov, ni de onda rotatoria. Esto significa que la ecuación también sirve cuando el ruido gravitatorio cambia con rapidez.
El provecho práctico no llegará mañana, pero existe. Si se logra medir cómo el fondo gravitatorio borra la pureza cuántica de un fotón individual, será una puesta a prueba de las ideas de la gravedad cuántica. Por ahora, el modelo nos recuerda algo: incluso en la habitación más vacía, el suelo siempre tiembla un poco.
La temperatura del fondo gravitatorio térmico en modelos cosmológicos se estima en 0.9 K, solo un poco por encima de la temperatura de la radiación cósmica de fondo.