Los científicos descubrieron que, al nacer y evaporarse los agujeros negros, puede surgir una ruptura repentina del espacio-tiempo — un «destello atronador» — lejos del agujero, donde todo está tranquilo. Como una microfisura que provoca la rotura de una presa aguas abajo, esto pone en cuestión las ideas habituales sobre el destino de la información en los agujeros negros.
Un agujero negro es como una tela tensada al máximo, que retiene todo a su alrededor. Stephen Hawking demostró que aun así pierde masa: partículas se escapan, como hilos de una tela gastada. Parecía que el final sería silencioso: una simple desaparición.
Pero una simulación por computadora reveló una catástrofe. Cuando el agujero se agota, el tejido del universo no se alisa, sino que se desgarra. Un desgarro instantáneo —un «rayo atronador»— viaja a la velocidad de la luz, rasgando incluso regiones tranquilas. No es un desvanecimiento silencioso, sino un desgarrón cósmico.
De aquí se sigue que nuestras teorías no funcionan en el borde mismo. El debate sobre el destino de la información que cayó en el agujero queda en el aire; quizás la respuesta la traiga una teoría futura. La ironía es que Hawking acuñó el término «rayo atronador» en 1993 como una rareza hipotética, y hoy las simulaciones confirman su inevitabilidad. Por cierto, Jacob Bekenstein ya intuyó que un agujero negro tiene entropía (una medida del desorden), y William Unruh desarrolló ideas similares.
🎯 Hawking acuñó el término «rayo atronador» en 1993 como una curiosidad hipotética, sin creer en su realidad; las simulaciones demostraron lo contrario.