Una piedra cae en un estanque y por el agua se expanden círculos. Rebotan en la orilla, se superponen, se apagan. Todo ese movimiento se despliega en el espacio. Pero, ¿qué ocurriría si el propio estanque cambiara por un instante su profundidad o densidad, no en un punto, sino en todas partes a la vez? La frontera temporal es precisamente ese salto de propiedades en el tiempo, no en el espacio. Los autores del trabajo construyeron una herramienta matemática que describe el comportamiento de las partículas cuánticas en esas fronteras.
Antes, los físicos sabían calcular bien la dispersión en uniones espaciales, por ejemplo, cómo se refracta la luz al atravesar el vidrio. La herramienta principal allí es la matriz de dispersión, una tabla de números que relaciona las ondas incidentes y salientes. Los investigadores trasladaron esa idea a las fronteras temporales. Introdujeron la matriz de dispersión temporal y hallaron sus puntos singulares, polos que llamaron pasos resonantes topológicos. En esos puntos, la partícula pasa por completo de un estado energético a otro y su estado cuántico se congela. Para ella, el tiempo parece detenerse.
Lo más inesperado apareció al comprobar la estabilidad. En mundos de dimensión par, como el plano, esas resonancias son robustas: no las destruyen ni cambios suaves ni el desorden. Pero en dimensiones impares, como nuestro espacio tridimensional, la más mínima violación de la simetría puede aniquilarlas. Esto recuerda al comportamiento de un nudo en una cuerda: en unas dimensiones se desata solo, en otras se mantiene firme.
Se puede crear una frontera temporal en el laboratorio cambiando bruscamente el índice de refracción de un material con un pulso láser. La luz que atraviesa ese medio experimenta una «reflexión temporal» y cambia de frecuencia.
En la novela de Kurt Vonnegut «Matadero cinco», el protagonista se «desprende» del tiempo y vive los momentos de su vida en desorden. Los pasos resonantes topológicos son un análogo físico lejano, pero real, de esa congelación.