Miles de millones de pequeños motores zumban dentro de cada ser vivo. Las células bombean sustancias sin parar, queman azúcar, construyen nuevas proteínas — y todo ese movimiento invisible nos calienta desde dentro. Para mantener el orden, la vida debe disipar calor al entorno, como una estufa que nunca se apaga.
La potencia de este calentamiento interno casi no depende del tamaño. Una bacteria, un canal iónico en la membrana, un ser humano — cada kilogramo de materia viva libera aproximadamente un vatio. Esto es diez mil veces más que un kilogramo de materia solar. Y, de manera asombrosa, coincide con la potencia que se puede atribuir a todo el universo si se toma la velocidad de la luz y la constante de Hubble (el número que describe la rapidez con que se alejan las galaxias). Esta coincidencia ya la notó en el siglo pasado Paul Dirac, al reflexionar sobre la misteriosa conexión entre el microcosmos y el cosmos.
El autor propone llamar a esta fuga constante de calor la señal universal de la vida. Con ella se puede distinguir lo vivo de lo inerte, una célula sana de una enferma. Para medirla en la práctica, ideó un método sencillo: observar las mínimas vibraciones de las estructuras celulares y, a partir de su amplitud, calcular cuánta energía se convierte en calor. Así nace una nueva área: la citómica, la ciencia de la huella térmica de los sistemas vivos.
Al final, esos miles de millones de motores que zumban dentro de nosotros no son solo una fuente de calor. Nos recuerdan que la vida y el universo respiran al mismo ritmo, y que cada una de nuestras respiraciones se mide con la misma vara que la expansión de las galaxias.
La potencia térmica total de todos los humanos en la Tierra es de unos 8 teravatios, comparable a la potencia que la humanidad obtiene de todas las centrales eléctricas juntas.
En la novela «El Invencible» de Stanisław Lem, la tripulación de una nave espacial se enfrenta a un enjambre de máquinas microscópicas cuya energía colectiva obedece leyes que recuerdan la firma térmica de la vida.