La célula viva emite constantemente débiles señales magnéticas, como si susurrase. Los científicos escuchan estos susurros con dos «micrófonos» microscópicos: sensores de campo magnético. Uno está creado por la naturaleza (una proteína) y el otro es una mota de diamante artificial con un defecto (puro carbono) que lo convierte en una antena.
El microscopio interroga a ambos sensores por turnos: dirige un rayo azul a uno y verde al otro (una técnica de espectroscopía, el trabajo con el color). Los sensores responden con su propia luminiscencia, que se mide con una precisión sin precedentes: aquí entra en juego la fotometría (la ciencia de los impulsos lumínicos). Ni siquiera el caos molecular dentro de la célula (entropía, una medida del desorden) ahoga estas señales.
Dos sensores en una misma célula crean un efecto estéreo: igual que dos oídos localizan mejor un sonido, dos sensores proporcionan una imagen tridimensional. La tecnología, surgida de los experimentos de David Wineland sobre control cuántico, promete la observación de neuronas y fármacos. Si en el futuro los sensores se vinculan mediante entrelazamiento cuántico — esa misteriosa conexión que estudió John Stewart Bell —, la precisión se multiplicará.
Ciertas proteínas en los ojos de las aves migratorias son capaces de detectar el campo magnético terrestre, funcionando como brújulas cuánticas naturales.
Recuerda al tricorder médico de «Star Trek»: se asoma a las células y descifra sus susurros magnéticos.