Más allá de los planetas, en la helada nube de Oort, se almacenan miles de millones de cometas. A veces, las fuerzas de marea de nuestra Galaxia —su enorme pero invisible materia oscura, descubierta por Vera Rubin y Fritz Zwicky— los expulsan. Imagina un globo que soltaste por accidente: el viento se lo lleva muy lejos, y años más tarde, desinflado, vuelve a entrar silenciosamente por la ventana. Así se comportan algunos cometas «cuasi-interestelares»: regresan al Sol después de decenas de millones de años, moviéndose sigilosamente y casi sin ser notados.
Un viajero tan lento, captado por el telescopio James Webb, permitirá a los científicos descomponer su luz en colores —esto se llama espectroscopia— y averiguar cuánta agua y carbono contiene. Estas sustancias nos recuerdan cómo se formaron otros sistemas planetarios alrededor de estrellas lejanas. Al compararlos con nuestro Sol y su entorno, podemos entender qué sucedió en el pasado —por ejemplo, si alguna vez pasó otra estrella cerca y dispersó la nube de Oort. Y lo más importante: estos cometas son muy raros; con suerte, los veremos no más de una vez cada varias décadas.
Un cometa típico de este tipo necesita alrededor de 60 millones de años para ir y volver: fue expulsado en la época de los dinosaurios y podría regresar recién ahora.