A tres milisegundos de la colisión, un agujero negro (una región con una gravedad inconcebible que ni siquiera deja escapar la luz) y una estrella de neutrones (el núcleo ultradenso de una estrella muerta) se acercan en su última órbita. Las fuerzas de marea desgarran la estrella, esparciendo su material. La temperatura se dispara al instante a cientos de miles de millones de grados —miles de veces más caliente que el centro del Sol—. Así se abre la fragua celestial.
En ese infierno se desencadena la nucleosíntesis —una rápida captura de neutrones—. Los núcleos atómicos absorben ávidamente neutrones y se transforman en elementos cada vez más pesados: desde hierro hasta oro, platino y uranio. Todo el proceso dura segundos. La nube expulsada adopta la forma de una hoz que vuela a un tercio de la velocidad de la luz. Si ese chorro viajara de la Tierra a la Luna, llegaría en un par de segundos.
La luz de esta fragua cósmica es un destello que brilla como cien millones de soles, pero se apaga en semanas. A diferencia de las supernovas (explosiones estelares) que son visibles durante meses, este destello es fugaz. Su brillo depende fuertemente del ángulo con el que observamos la nube. Si la nube está orientada de canto hacia nosotros, vemos un resplandor brillante; si está de frente, es casi invisible. Precisamente por eso una de las recientes alertas de ondas gravitacionales quedó sin acompañamiento luminoso: la nube miraba en la dirección equivocada.
Ahora, armados con simulación numérica computacional, los astrónomos saben dónde apuntar los telescopios. Los ojos infrarrojos del JWST y los detectores LIGO buscan conjuntamente estas fusiones, captando tanto ondas gravitacionales (ondulaciones del espacio) como luz. Tras la catástrofe, alrededor del agujero negro a veces se forma un disco de acreción de material en caída y un estrecho chorro (un haz de partículas), y la luz de eventos lejanos se estira debido al corrimiento al rojo del Universo. Toda esta información ayuda a leer la historia de cada fusión. Y entonces queda claro: los átomos de oro en un anillo de bodas nacieron alguna vez en la fragua celestial mucho antes de que existiera la Tierra.
Si pudiéramos recolectar toda la eyección dinámica de una fusión BHNS intensa, su masa sería aproximadamente 1/10 de la masa de Júpiter, pero su uranio y oro valdrían más que toda la economía de la Tierra.