Una partícula cuántica puede ser una onda y atravesar dos caminos a la vez. Pero si algo 'espía' por cuál camino ha ido, la onda desaparece. Este efecto se conoce como pérdida de interferencia. Normalmente, los responsables de espiar son los fotones o las moléculas de aire. Los autores del nuevo trabajo se preguntaron: ¿y qué hay de los gravitones?
Los gravitones son partículas hipotéticas que transmiten la gravedad. Nadie los ha detectado, pero si existen, cualquier movimiento de masa debería generarlos, como ondas en el agua. Los autores calcularon hasta qué punto esa 'ondulación gravitacional' podría delatar el camino de la partícula y destruir sus propiedades ondulatorias. Resulta que casi nada. En el vacío ordinario, el efecto es tan débil que pasa desapercibido: el índice de pérdida de interferencia es un número diminuto, de 10⁻⁸⁹ a 10⁻⁶¹, según la masa, el tamaño y la duración del experimento.
Pero, ¿y si el vacío no está vacío, sino lleno de gravitones 'comprimidos' —un estado especial que pudo quedar tras la inflación del universo temprano? Entonces el efecto aumenta, pero sigue siendo insignificante: como máximo 10⁻²⁷. Incluso los interferómetros más sensibles, con átomos o moléculas, no notarían tal interferencia. La gravedad, resulta, es sorprendentemente delicada: no estropea la imagen cuántica del mundo.
El número 10⁻⁸⁹ es tan pequeño que, si realizara un experimento cada segundo desde el Big Bang, no notaría ni un solo fallo debido a los gravitones.
En la novela 'Contacto' de Carl Sagan, los extraterrestres usan ondas gravitacionales para comunicarse, pero ni ellos podrían espiar un interferómetro cuántico.