Un brote de enfermedad se parece a un incendio forestal: el fuego corre por la hierba seca y su velocidad depende del viento y de la humedad. Pero la infección tiene su propio «viento»: la frecuencia con la que las personas se contagian entre sí. Cuando este indicador cambia junto con la proporción de ya enfermos, la onda epidémica puede comportarse de maneras distintas.
A veces, el frente de la infección lo determinan las chispas más rápidas: los que enfermaron primero y salieron corriendo hacia adelante. A esa onda se la llama «arrastrada»: su velocidad la dictan los individuos en el frente. En otros casos, la masa principal de enfermos empuja desde atrás y el frente se vuelve «empujado»: lo impulsa todo el sistema. Los autores del trabajo calcularon en la computadora y confirmaron con la teoría dónde está el límite entre estos modos.
La gran sorpresa fue descubrir una zona donde ambos tipos de movimiento son posibles. Es como si un incendio pudiera a la vez arder lentamente y llamear con fuerza, según cómo se haya encendido. Esa dualidad es importante para los pronósticos: conociendo las condiciones iniciales, se puede predecir con qué rapidez se propagará la epidemia y qué escenario se cumplirá.
La velocidad de la onda «empujada» siempre es mayor que la de la «arrastrada», pero para ponerla en marcha se necesita un empujón inicial más fuerte, como un cohete que requiere un potente despegue para alcanzar la órbita.
En la novela «La danza de la muerte» de Stephen King, la supergripe se propaga a una velocidad espantosa, pero allí nadie se preguntó si la «arrastra» el paciente cero o la «empuja» la multitud.