En el silencio del mundo cuántico no hay vacío. Las partículas están entrelazadas por hilos invisibles: el entrelazamiento. Los autores del trabajo propusieron que el propio tejido del espacio-tiempo está urdido con esos hilos. No es solo una metáfora: construyeron un armazón matemático donde la distancia entre dos puntos se determina por cuánta información comparten.
Así nace una geometría fractal. A grandes escalas, el mundo parece tridimensional, pero al mirar hacia las profundidades, hacia las longitudes de Planck, su dimensión se reduce a dos.
Las trayectorias de las partículas aquí no son suaves, sino quebradas, como una línea de costa. Sus paseos aleatorios conducen a la ecuación de Schrödinger, la ley principal de la mecánica cuántica. No se postula, sino que emerge de la propia geometría.
La gravedad, en esta imagen, es la respuesta a cómo cambia con el tiempo la métrica dictada por el entrelazamiento. En el límite habitual se obtiene la relatividad general de Einstein, pero con añadidos: aparecen nuevos campos que modifican ligeramente la ley de la gravitación a distancias ultracortas. Así, los cuantos y la gravedad conviven por primera vez en un mismo esquema, sin conflicto, complementándose. Y los hilos de la telaraña, con los que todo comenzó, adquieren peso, en el sentido literal.
Si pudiéramos asomarnos a la escala de Planck, las tres dimensiones habituales del espacio se disolverían en un holograma bidimensional, algo así como la sombra de un objeto tridimensional en una pared.
La idea de un espacio-tiempo fractal recuerda a la 'espuma cuántica' de las novelas de Greg Egan, donde la realidad a nivel microscópico se convierte en una estructura burbujeante y cambiante.