Una estrella orbita alrededor de un agujero negro en rotación, como una patinadora en el centro de una pista de hielo. Mientras está lejos y puede considerarse un punto, la danza sigue siendo predecible: la órbita obedece leyes claras, como una música con la que es fácil deslizarse. Pero en cuanto se acerca, la gravedad comienza a actuar de manera desigual. Las fuerzas de marea estiran la estrella, transformándola de un punto a un cuerpo alargado.
A partir de ese momento, cada vuelta se vuelve impredecible. El más mínimo cambio al inicio del recorrido conduce a trayectorias completamente diferentes: eso es el caos. Los autores del trabajo lo demostraron matemáticamente: una estrella deformada ya no tiene la constante que antes permitía calcular la órbita con precisión. Los cálculos por computadora confirman la imagen: en el espacio de fases aparecen capas enredadas, sensibilidad a las condiciones iniciales y fronteras extrañas, similares a una línea costera con muchas bahías.
Este descubrimiento cambia el enfoque de las futuras observaciones. Detectores de ondas gravitacionales como LISA captarán señales de pares donde una estrella pequeña o un agujero negro cae sobre uno grande. Si no se tiene en cuenta el caos, se podrían malinterpretar los datos obtenidos, como intentar adivinar una melodía a partir del ruido. Y entonces la danza que comenzó en la pista de hielo se convertiría en una cacofonía en la que se pierde el sentido.
El caos en el movimiento de los cuerpos celestes no es raro. Por ejemplo, la rotación de Hiperión, satélite de Saturno, es tan irregular que es imposible predecirla incluso con varios días de antelación.
En la película 'Interstellar', las fuerzas de marea en el planeta Miller provocan olas gigantes, pero allí no se muestra el caos orbital: el planeta se mueve por una ruta definida.