Una piedra cae en un estanque y se forman círculos en el agua. De manera similar, los cuerpos masivos generan ondas gravitacionales, solo que aquí es el propio espacio el que oscila. Hasta ahora, estas ondas se han detectado con enormes detectores: estos se estremecen ligeramente cuando una onda los atraviesa. ¿Y qué ocurre a nivel microscópico, dentro de un diminuto trozo de materia? Los autores de este nuevo trabajo se han asomado a ese mundo y han descubierto un juego sorprendentemente silencioso.
Aquí no existe el empujón habitual que recibe un flotador en el agua. La onda gravitacional actúa de otra manera: como manos invisibles que comprimen y estiran un objeto simultáneamente desde lados opuestos. Es un efecto de marea, y es cuadrático: el efecto depende del cuadrado del desplazamiento de las partículas. Tomemos una cuerda bien tensa. Si la pulsamos una vez, sonará en su nota fundamental. Pero la onda gravitacional no la pulsa; más bien altera ligeramente la tensión de la propia cuerda, y esta comienza a vibrar en una frecuencia doble. Por eso, en el mundo cuántico no nacen excitaciones individuales, sino pareadas: dos fonones (cuantos de sonido) a la vez.
Esta naturaleza pareada protege eficazmente algunos estados cuánticos de la materia de la destrucción. En el espacio vacío, donde casi no hay ondas gravitacionales, los dos niveles de energía más bajos de una partícula oscilante permanecen coherentes: su fase no se desajusta. Las ondas térmicas o caóticas eliminan esta protección y aumentan la decoherencia, pero el efecto sigue siendo increíblemente pequeño en condiciones reales. Lo más interesante ocurre cuando la onda gravitacional llega en un estado comprimido especial. Entonces no solo no destruye, sino que crea todo un conjunto de estados "oscuros": combinaciones que no interactúan en absoluto con la onda y permanecen perfectamente estables.
La utilidad práctica de estos cálculos aún está lejos: los efectos son demasiado débiles. Pero tienden un puente entre la física de la gravedad y la teoría de la información cuántica. Quizás algún día el fondo gravitacional del universo se convierta no en un obstáculo, sino en un recurso para la computación cuántica, si aprendemos a prepararlo en el estado adecuado.
Una onda gravitacional proveniente de la fusión de dos agujeros negros, al atravesar la Tierra, comprime y estira todo el planeta en un grosor equivalente a un cabello humano.
En la novela "Contacto" de Carl Sagan, los extraterrestres transmiten una señal compleja modulando ondas gravitacionales, casi como en este trabajo, donde los estados cuánticos se controlan mediante radiación gravitacional.