Una piedra cae al suelo por la ruta más económica: la que gasta menos tiempo y energía. Este principio de mínima acción gobierna toda la física clásica. Pero en el mundo microscópico todo tiembla: los campos fluctúan y no se puede decir con precisión dónde está cada cosa. Los autores del artículo añadieron al principio una corrección por ese temblor, como si al planear una ruta no solo se tuviera en cuenta el camino más corto, sino también que el propio camino vibra ligeramente todo el tiempo.
La corrección se expresa mediante la entropía relativa, una medida de cuánto difiere una distribución de probabilidades de otra. En la vida cotidiana, es como comparar dos pronósticos del tiempo: cuanto más divergen, mayor es la incertidumbre. Al final, se logró obtener una ecuación para las ondas gravitacionales en forma cuántica, sin fijar manualmente el orden de multiplicación de los operadores, un dolor de cabeza de larga data para los físicos.
A continuación, los autores consideraron la gravedad junto con un campo escalar sin masa, el «compañero» más simple. Usando la tasa de cambio de la propia geometría como reloj, derivaron una ecuación tipo Schrödinger para ese campo. En ella apareció un pequeño término adicional, suprimido por el factor $G\hbar^2$, un indicio de que el espacio-tiempo mismo «respira» ligeramente a nivel cuántico. Este enfoque no impone reglas cuánticas a la gravedad desde fuera, sino que muestra cómo pueden surgir por sí solas a partir de una comprensión más sutil de la acción.
La entropía relativa utilizada en el trabajo es la misma medida que se emplea en estadística y aprendizaje automático para comparar cuánto difieren los datos reales de las predicciones de un modelo.