Un agujero negro se parece a una caja fuerte perfecta: todo lo que cae en él parece perdido para siempre. Pero a nivel microscópico no destruye la información, sino que la mezcla con sus grados internos de libertad, como una baraja de cartas después de un buen barajado.
En el nuevo trabajo, los físicos mostraron que el área del horizonte (la superficie más allá de la cual ni siquiera la luz puede escapar) puede considerarse como una medida de la información cuántica que el agujero ya ha absorbido. Cuando un objeto cae en él, su energía aumenta el área exactamente en la medida necesaria para que la entropía (una medida del desorden) crezca según una fórmula universal, con una temperatura como la de un cuerpo caliente. Esto es como añadir agua caliente a una bañera: la temperatura apenas cambia, pero el nivel sube.
Lo más sorprendente: si comparas la partícula que cae con la radiación de Hawking que escapa, sus contribuciones al balance de información se cancelan. Solo queda una entrada neta de energía, y el área del horizonte cambia exactamente según la primera ley de la termodinámica de los agujeros negros. Así, la caja fuerte empieza a parecerse no solo a un almacén, sino a un procesador activo de información.
Si un agujero negro con la masa del Sol irradiara como un cuerpo negro perfecto, su temperatura sería de apenas unos 60 nanokelvins, miles de millones de veces más frío que el espacio interestelar.
En la novela Solaris de Stanislaw Lem, el océano superinteligente también absorbe información sin devolverla, pero, a diferencia de un agujero negro, además responde.