La luz que cae en un agujero negro transporta información, por ejemplo, el camino que ha seguido un fotón. El horizonte (la superficie de la que nada puede escapar) reacciona a ello cambiando su entropía, una medida del desorden similar al número de páginas mezcladas en un libro. Pero la luz está hecha de cuantos, y el mundo cuántico no tolera el silencio absoluto: siempre hay un temblor, unas oscilaciones aleatorias como las ondas que el viento provoca en el agua.
En un nuevo trabajo, los físicos han demostrado que este temblor limita de forma fundamental el registro de información. Consideraron un experimento mental en el que los fotones codifican datos sobre el camino recorrido y dedujeron una regla inquebrantable. Resulta que la dispersión (la varianza estadística) del cambio de entropía del agujero negro y el número de fotones están relacionados de forma inversa. Si quieres registrar información con más precisión, envía más fotones, pero entonces la propia entropía tiembla más. Si quieres reducir el temblor, sacrificas número de partículas.
Este resultado se obtiene en el marco de la gravedad semiclásica estocástica, un enfoque en el que el espacio-tiempo se describe con las ecuaciones de Einstein, pero con un añadido de ruido procedente de los campos cuánticos. Ese ruido es inevitable, como el crepitar de una radio antigua. Los autores subrayan que el horizonte no puede registrar información cuántica con fluctuaciones de entropía arbitrariamente pequeñas. Siempre queda un temblor irreductible, como una balanza que se balancea con cada respiración e impide pesar la carga con total exactitud.
El área del horizonte de un agujero negro con la masa del Sol es de aproximadamente 12 kilómetros cuadrados, y su entropía es 10²⁰ veces mayor que la del Sol, compuesto de hidrógeno y helio.