El vacío sabe dar sorpresas. En la relatividad general existe una solución donde el propio espacio engendra un agujero negro, literalmente desde un punto. Todo comienza en el instante en que el horizonte de sucesos (la superficie de la que ni siquiera la luz puede escapar) aparece con radio cero y de inmediato empieza a crecer. Se expande a la velocidad de la luz, como una burbuja de jabón que se infla, solo que esta burbuja es el borde del abismo.
El papel de detonante lo desempeña un campo escalar, una sustancia invisible que impregna todo a su alrededor. Si su potencial (la energía almacenada en cada punto) cae sin límite, el campo pone en marcha el proceso. Lejos del lugar de nacimiento del agujero, un observador notará una huella extraña: un defecto geométrico parecido a una abolladura que queda después de que el espacio se rompe y se colapsa en el horizonte. Una huella similar podría dejarla un monopolo magnético, una partícula con un solo polo.
Esta solución recuerda a la famosa métrica de Schwarzschild (que describe un agujero negro ordinario), pero con una diferencia: aquí la masa no está predeterminada, sino que aparece y aumenta a medida que el horizonte se expande. El punto de partida, el instante en que el radio era cero, queda en el pasado como una cicatriz en el cuerpo del universo. Y esa cicatriz se puede medir.
El campo escalar en cuestión se parece al campo de Higgs, pero con una diferencia: su potencial no tiene fondo, por lo que la energía puede caer infinitamente, desencadenando el crecimiento del agujero negro.
En la novela «Luz ciega» de Peter Watts, las naves alienígenas manipulan campos escalares para crear agujeros de gusano y controlar el espacio-tiempo.