Los científicos intentaron entender si las misteriosas ondas cósmicas (gravitacionales, como arrugas del espacio) podrían deberse a una transición de fase en el sector oscuro, como si un océano invisible se hubiera congelado de golpe, transformándose en otra forma. Resultó que ese escenario apenas encaja con las observaciones, incluso teniendo en cuenta sutiles correcciones. ¿Y si el «hielo oscuro» todavía se esconde más allá del horizonte?
Todo el mundo sabe que si lanzas una piedra a un estanque, se forman ondas. De manera similar funcionan las ondas gravitacionales: una ondulación del propio espacio, generada por los eventos más poderosos del universo. La primera detección directa fue realizada por Rainer Weiss y sus colegas. Recientemente, los astrónomos lograron detectar un leve zumbido de estas ondas proveniente de todas direcciones. La clave para ello fueron los púlsares, restos de estrellas muertas, estrellas de neutrones superdensas que giran a enormes velocidades y emiten pulsos como faros. Fue precisamente Jocelyn Bell Burnell quien descubrió por primera vez estos objetos asombrosos. Su ritmo ultrapreciso delata el más mínimo temblor del espacio.
Pero, ¿qué generó ese zumbido? Una de las ideas nos remonta a los primeros instantes después del Big Bang, cuando el universo era una «sopa» de partículas extremadamente caliente. En su interior pudieron formarse y estallar burbujas de una nueva fase, algo así como la ebullición del agua. Los científicos propusieron que esa «ebullición» ocurrió en un sector oculto lleno de materia oscura, la misteriosa sustancia sobre la que Vera Rubin reunió las primeras pruebas sólidas. Para comprobar esta idea, tomaron el modelo más simple, en el que todo obedece las leyes de la física de partículas elementales, y calcularon cuán intenso debería ser el «silbido» de ese caldero. Prestaron especial atención a la entropía, la medida del desorden que influye en la intensidad de las ondas.
Los resultados resultaron inesperados: el modelo más simple produjo ondas demasiado débiles, cientos de veces más tenues que lo que «escuchan» los púlsares. La ebullición del sector oscuro no pudo ser esa fuente. Lo más probable es que la misteriosa señal haya sido generada por otros gigantes: agujeros negros en rotación y colisión, que se ocultan en los centros de galaxias lejanas. Así que los científicos deberán idear escenarios más complejos para descifrar el enigma del eco gravitacional.
🎯 Para detectar las ondas de la ebullición de la materia oscura, los púlsares tendrían que medir desplazamientos temporales de milmillonésimas de segundo, como si un reloj en Júpiter se retrasara un tictac en todo un año.