Durante décadas, los astrofísicos construyeron una imagen ordenada: la galaxia, como un gigantesco carrusel, gira a un ritmo uniforme, y el agujero negro supermasivo situado en su centro hereda esa danza. El gas del disco, al caer hacia el disco de acreción, supuestamente arrastra el eje del agujero mediante el efecto Lense-Thirring, alineando el giro con el momento angular general. Pero un nuevo trabajo sobre 54 núcleos activos de galaxias destruye ese idilio. Resultó que el agujero negro central no es un engranaje sumiso del carrusel, sino una peonza inquieta: la acreción caótica patea su eje en direcciones arbitrarias, como si una mano traviesa lanzara el juguete sin ton ni son.
Para 'ver' el esquivo eje, los científicos recurrieron a la espectroscopia y la espectropolarimetría. El método se asemeja a interrogar un laberinto de espejos: los grumos de polvo cercanos al agujero dispersan la luz, actuando como un espejo curvo. Para las alas roja y azul de las líneas de Balmer, el ángulo de posición de la polarización se comporta de manera distinta, produciendo una característica curva en forma de S. Si el ala roja tiene un ángulo mayor, la rotación va en el sentido de las agujas del reloj, y viceversa. En paralelo, por el giro de los brazos espirales o el campo de velocidades, se determinó el sentido de rotación de la propia galaxia.
El resultado es asombroso: entre los 54 objetos, exactamente 27 giran en el sentido de las agujas del reloj y 27 en sentido contrario. Y entre aquellos para los que se ha podido reconstruir fiablemente el sentido de la galaxia, 11 resultaron codirigidos y 13 contradirigidos. Dentro del margen de error, es pura casualidad, como lanzar una moneda 24 veces. Este escenario descarta la clásica alimentación coherente y afirma el reinado del caos: frecuentes fusiones de galaxias y episodios aleatorios de caída de materia. En consecuencia, la potencia de los chorros y la retroalimentación que regula la formación estelar deben ser variables en el tiempo y depender no de la estructura global, sino del clima local en las cercanías del núcleo: jazz, no una sinfonía.
La perspectiva es apasionante. Ahora, las simulaciones cosmológicas que tengan en cuenta la evolución del espín deben incluir reorientaciones aleatorias del espín. Esto permitirá predecir con mayor precisión cuándo una galaxia estallará como núcleo activo y cuándo su centro caerá en letargo. El siguiente paso clave es la espectropolarimetría de sistemas espirales cercanos con agujeros negros pequeños, donde aún queda la esperanza de captar rastros de una sincronización pasada. No está en juego un simple dato curioso, sino toda una capa de la física de la retroalimentación: la palanca con la que los agujeros negros gobiernan el destino de sus galaxias. Y esto da que pensar: la aleatoriedad del espín significa que incluso galaxias gemelas pueden vivir vidas completamente diferentes: una se dormirá para siempre y la otra florecerá con un estallido de estrellas. En el cosmos, el caos no es un error, sino una característica evolutiva.
La espectropolarimetría convierte el anillo de polvo alrededor del agujero negro en una bola de espejos cósmica: la luz dispersada se polariza de tal manera que las alas azul y roja de las líneas se reflejan en ángulos distintos, dibujando un perfil en forma de S; a partir de su curvatura se determina hacia dónde gira el disco de acreción.