Un agujero negro no es solo un abismo donde todo cae. Justo en su horizonte, en la llamada atmósfera cuántica, nace un débil resplandor: la radiación de Hawking. No es una luz tranquila, sino un torrente burbujeante de partículas capaz de influir en las conexiones cuánticas más sutiles. Los autores del trabajo tomaron un par de partículas en un estado especial de Werner (un tipo de entrelazamiento cuántico) y las colocaron cerca de un agujero negro de Schwarzschild, el más simple, sin rotación.
Siguieron la discordia cuántica geométrica, una medida de correlaciones cuánticas más fina que el entrelazamiento ordinario. En la región accesible a un observador externo, la discordia se comportó de manera caprichosa: al alejarse del horizonte, primero caía y luego volvía a crecer. El pico de este cambio coincidió exactamente con el lugar donde la radiación de Hawking es más brillante. En la región oculta tras el horizonte, el panorama era el inverso: allí la discordia primero crecía y luego caía.
Dos parámetros gobiernan esta danza de correlaciones. La constante de Hartle-Hawking (una magnitud que fija el ritmo de evaporación) actúa como un amplificador: cuanto mayor es, más fuertemente se redistribuyen las conexiones cuánticas entre las regiones accesible e inaccesible. El radio del horizonte, por el contrario, funciona como un atenuador: cuanto más masivo es el agujero, más débil es el efecto. Así, el agujero negro no destruye el orden cuántico, sino que lo reconfigura, sometiéndolo a su propia geometría.
La discordia cuántica geométrica es una forma de medir correlaciones cuánticas incluso en estados donde el entrelazamiento es cero. Es decir, las partículas pueden estar “conectadas” cuánticamente sin estar entrelazadas en el sentido habitual.