Un traductor en una sala de audiencias se distrae con cada ruido: el chirrido de una silla, una tos, el susurro de papeles. Al final del día, traduce no lo que dijo el testigo, sino lo que escuchó a través de las interferencias. Los errores raros de traducción no son resultado de un solo grito fuerte, sino de la acumulación de muchos ruidos pequeños.
En el mundo cuántico, los eventos raros surgen de manera similar: una partícula puede terminar lejos de donde se esperaba no por un salto gigantesco, sino por muchos pasos pequeños coordinados. Los científicos han encontrado una manera de calcular la probabilidad de tales eventos. Resulta que hay que tener en cuenta no solo la medida habitual de diferencia entre distribuciones, sino también cómo medimos el sistema. Es como si el traductor perdiera información adicional al elegir palabras de un vocabulario limitado.
Este método se aplicó al universo temprano, donde fluctuaciones raras podrían haber generado agujeros negros. Se descubrió que los cálculos anteriores podrían haber subestimado la frecuencia de tales eventos. Ahora, como un traductor que conoce sus debilidades, podemos predecir con mayor precisión cuándo esperar errores.
En un paseo aleatorio clásico, la probabilidad de que todos los N pasos estén en la misma dirección es exponencialmente pequeña, pero son precisamente estas fluctuaciones colectivas, y no un salto gigante, las que suelen ser responsables de los eventos raros. En el caso cuántico ocurre algo similar: la cola de la distribución puede estar determinada no por el efecto túnel cuántico, sino por el comportamiento coordinado de muchos pasos cuánticos pequeños.