Dentro de un yunque de diamante que comprime la muestra con una fuerza millones de veces superior a la presión atmosférica, una fina película de lantano se encuentra con el hidrógeno. El hidrógeno proviene del amoníaco-borano, un polvo que al calentarse libera su hidrógeno, como una esponja suelta el agua. En unos minutos de calentamiento con láser nace una película de hidruro de lantano, un material que conduce la electricidad sin resistencia a menos 26 grados Celsius.
Este resultado es un nuevo paso en la carrera por superconductores que funcionen a temperatura ambiente. Los superconductores convencionales requieren enfriamiento con helio líquido hasta menos 269 grados, lo cual es caro e incómodo. El hidruro de lantano, sintetizado en forma de película delgada en lugar de un bloque macizo, mantiene sus propiedades durante casi un año: 300 días. Durante ese tiempo, la red cristalina no se degradó y la superconductividad no desapareció, incluso cuando se aplicó un campo magnético que normalmente "apaga" el superconductor.
La tecnología de películas delgadas abre el camino hacia la creación de hidruros ternarios, compuestos de tres elementos, donde se pueden ajustar con mayor precisión las propiedades del superconductor. Además, las películas delgadas son compatibles con la microelectrónica: con ellas se pueden fabricar sensores en miniatura, dispositivos cuánticos y líneas de transmisión de energía sin pérdidas. Antes, los hidruros solo se obtenían en forma de polvos o pequeños monolitos, inadecuados para circuitos.
Volviendo a la imagen de la esponja: el amoníaco-borano liberó hidrógeno, el lantano lo absorbió y, bajo la presión de los diamantes, nació un material que durante casi un año mantiene la corriente sin pérdidas. Ahora la tarea es lograr que funcione a presión ordinaria y temperatura ambiente. La esponja está comprimida al límite, pero el agua no se ha escapado.
La superconductividad en el hidruro de lantano se observa a una temperatura más baja que la de un congelador (−18 °C), pero más alta que la del punto más frío de la Antártida (−89 °C).
En la novela de Arthur C. Clarke "El fin de la infancia", los superconductores a temperatura ambiente permiten construir ciudades en el aire y transmitir energía sin cables.