El agua de un charco después de la lluvia no gira igual que la de un lago profundo. Una capa fina de líquido siente el fondo, y eso cambia el carácter de los remolinos. Los científicos crearon esa capa en el laboratorio: vertieron un electrolito, aplicaron una corriente y un campo magnético, y el líquido se puso en movimiento. Luego, con cámaras y partículas diminutas, siguieron el movimiento hasta los remolinos más pequeños, de fracciones de milímetro.
Resultó que lejos del fondo los remolinos son iguales en todas las direcciones, como copos de nieve en un patrón perfecto. Pero cerca del fondo el panorama se rompe: la fricción frena el movimiento a lo largo de la corriente, mientras que transversalmente casi no estorba. Esta diferencia, como una grieta en el vidrio, se propaga de los remolinos pequeños a los grandes. La energía fluye de las turbulencias pequeñas a las grandes, y estas pierden simetría gradualmente.
Esta transferencia de asimetría es importante para los pronósticos del tiempo y las corrientes oceánicas. Después de todo, la atmósfera y el océano también son capas finas sobre la superficie del planeta, y la fricción con el suelo o el fondo afecta a los grandes remolinos, como los ciclones. Comprender este mecanismo ayuda a mejorar los modelos climáticos y las predicciones del movimiento del agua en estrechos.
En el experimento, los remolinos medían menos de un milímetro y su velocidad cambiaba en fracciones de segundo. Para verlo, las cámaras grababan miles de fotogramas por segundo.