Un imán común siempre tiene dos polos: norte y sur. Si lo partes por la mitad, cada fragmento adquiere inmediatamente su propio par. Pero en lo profundo de la teoría de partículas habita una imagen extraña: el monopolo, una partícula que lleva una sola carga magnética, un polo solitario sin compañero. Estos objetos aparecen espontáneamente en los modelos que intentan unir todas las fuerzas de la naturaleza en un solo tejido, y de paso sugieren por qué la carga eléctrica siempre viene en porciones múltiplos de la carga del electrón.
Si los monopolos son reales, su flujo debería atravesar nuestra galaxia de lado a lado. Y aquí entra una consideración simple: el campo magnético de la Vía Láctea vive miles de millones de años, así que las partículas que lo atraviesan no pueden extraerle demasiada energía. Este límite se conoce como el límite de Parker, en honor al científico que primero vinculó la larga vida del campo galáctico con el flujo admisible de monopolos. Los autores del nuevo trabajo construyen una versión autoconsistente de este límite, basándose en el modo oscilatorio más bajo del dínamo galáctico: ese mismo mecanismo que mantiene el campo magnético de la Galaxia, transformando el movimiento del plasma en corrientes eléctricas.
La novedad es que ahora se tienen en cuenta los campos turbulentos a pequeña escala. Estos no solo sirven como semilla para el crecimiento del campo principal, sino que también atrapan a los monopolos, acelerándolos y cambiando su velocidad antes de que las partículas comiencen a extraer energía del campo ordenado. Esto hace que el límite clásico de Parker sea más estricto para masas pequeñas y medianas de monopolos. Un resultado importante: las restricciones obtenidas no se ven afectadas por los campos magnéticos primordiales, aquellos que pudieron existir en el universo temprano. Si tales campos fueran demasiado intensos, ya se habrían detectado por otros canales: por ejemplo, mediante las líneas de absorción del hidrógeno en los espectros de objetos lejanos, o por la señal de las nubes de hidrógeno neutro en los albores del cosmos.
Si un monopolo atravesara un detector, dejaría una huella inconfundible, como si la aguja de una brújula diera un único tirón y se quedara inmóvil para siempre.
En la novela de Larry Niven 'Protector', los héroes cazan un monopolo magnético capaz de destruir una estrella; es ciencia ficción, pero la búsqueda de monopolos reales lleva ya medio siglo.