Durante mucho tiempo los agujeros negros fueron considerados sumideros sin fondo. Pero Bekenstein y Hawking demostraron que poseen entropía — una medida de complejidad, como la de un cuerpo caliente. El nuevo modelo convierte el horizonte en un «espejo peludo»: su pelusa está formada por partículas que rellenan la superficie solo a medias. La luz incidente hace que estas partículas se muevan coordinadamente, igual que una corriente eléctrica. La resistencia de este tejido de espejo es constante: 377 ohmios en cualquier cuadrado, ya sea el agujero diminuto o gigantesco. La reflexión depende de la polarización, de forma similar a cómo cambia el brillo del terciopelo si se acaricia en direcciones opuestas. Esto transforma el agujero negro en un eco semitransparente: parte de la radiación regresa, y tras la fusión de agujeros quedan señales repetitivas. Los observatorios gravitacionales ya buscan estos ecos. Si se logran captar, por primera vez podremos percibir la geometría cuántica del espacio, uniendo la teoría de cuerdas y las leyes térmicas para resolver la paradoja de la información.
La resistencia eléctrica del horizonte es como una constante cósmica: no cambia, ya sea un agujero negro del tamaño de un átomo o mil millones de veces más pesado que el Sol.
En «Interstellar», los protagonistas se acercan a un agujero negro; según este modelo, sus señales de radio podrían reflejarse en el horizonte, regresando como un eco escalofriante.