Una piedra cae en un estanque y se forman ondas en el agua. Del mismo modo, un agujero negro en reposo puede encontrarse con una onda gravitacional o una nube de gas. No permanece indiferente: su superficie (el horizonte de sucesos) se hunde ligeramente, como una membrana tensa bajo el peso de una gota. El grado de esta deformación lo determinan los números de Love, llamados así por el geofísico que estudió las deformaciones de marea de la Tierra.
Los autores del trabajo evitaron los cálculos engorrosos habituales. En lugar de resolver ecuaciones para cada tipo de oscilación, construyeron una descripción directa: el agujero negro como una partícula puntual con grados internos de libertad. Estos grados se "activan" bajo una influencia externa. Este enfoque no requiere unir soluciones a diferentes distancias: da directamente la acción efectiva y los números de Love en cualquier número de dimensiones.
Una segunda mirada es la termodinámica. Cuando un agujero negro se polariza, sus características térmicas se desplazan: la temperatura cambia ligeramente y la entropía recibe una contribución que depende de los números de Love. En otras palabras, la deformabilidad del agujero determina cuánto se calienta o se enfría por la influencia externa. Así, los números de Love dejan de ser parámetros abstractos y se convierten en un puente entre la geometría del agujero y su comportamiento térmico.
La piedra lanzada al estanque no solo crea ondas: calienta un poco el agua. Del mismo modo, un agujero negro, al deformarse bajo el peso del mundo exterior, lo recuerda en su aliento térmico.
Los números de Love para agujeros negros en un espacio-tiempo de cuatro dimensiones suelen ser cero, a diferencia de los planetas ordinarios, donde son distintos de cero y causan mareas.
En la novela 'Éon' de Greg Bear, los agujeros negros se utilizan como fuentes de energía, y su respuesta a los campos externos es la clave para controlarlos.