Se ha propuesto un ingenioso experimento: un campo magnético cuantizado en un anillo superconductor hace que aparezca el mismo campo en otro anillo distante, sin campo magnético en el espacio intermedio. Esto funciona gracias a un lazo común que impone una restricción cuántica global (cuantización del fluxoide), como un mensajero que entrega un paquete sin moverse de su puesto. El montaje permitiría observar, mediante detectores SQUID, un intercambio de flujo correlacionado, explorando los límites fundamentales de la coherencia cuántica macroscópica. Es una herramienta para comprobar la existencia del colapso objetivo de la función de onda, una cuestión crítica para los ordenadores cuánticos a gran escala.
En el mundo cuántico hay una danza propia. Dos toroides superconductores, que sostienen cómodamente cada uno su flujo magnético cuantizado, giran en un vals sincronizado. Entre ellos, el vacío, ni una sola línea de fuerza, pero replican los movimientos del otro sin error. Esta extraña coreografía materializa un viejo sueño: comprobar si es posible transmitir información cuántica sin transferencia de energía, apoyándose únicamente en el omnipresente potencial vector.
La clave del vals es un circuito superconductor común que atraviesa ambos anillos. En él, como en un sistema vascular compartido, los pares de Cooper se condensan formando un condensado de Bose-Einstein. Ya en los trabajos de John Bardeen asomaba la idea de un intercambio cuántico sin excitaciones reales. Justamente el condensado, al permanecer sin excitar, impone una condición global sobre el fluxoide total. Así, entre modos aislados nace una conexión — eco del efecto Aharonov-Bohm, predicho por David Bohm. Esto no es inducción, sino intercambio de números cuánticos; como si dos orquestas en salas distintas tocaran una misma partitura sin escucharse.
Las simulaciones muestran que los osciladores toroidales se dividen en modos normales simétrico y antisimétrico. En el régimen de cúbits surge un acoplamiento tipo Ising, y las poblaciones comienzan a oscilar: el flujo se atenúa en un anillo y aparece en el otro. Los bailarines se turnan para tomar la melodía. Pero lo más intrigante es que el tiempo de este intercambio es inversamente proporcional al número de pares de Cooper. Para un condensado macroscópico, podría volverse arbitrariamente pequeño, amenazando con superar a la luz y entrando en conflicto con la ley de inducción de Faraday. Evidentemente, aquí entran en juego limitaciones; probablemente, la decoherencia cuántica fundamental.
El experimento brinda una oportunidad única de separar las contribuciones del potencial vector y del campo magnético. El éxito permitirá sondear la frontera entre la realidad cuántica y la clásica: aquí podrían manifestarse efectos de colapso de la función de onda, predichos por Roger Penrose. Si el intercambio se suprime a una densidad crítica del condensado, ello apuntará directamente a un nuevo canal de decoherencia. Y tal vez aquí se esconda la clave de por qué nuestro mundo macroscópico es tan rígidamente real, y por qué los grandes sistemas cuánticos pierden coherencia. Estos descubrimientos son críticos para los ordenadores cuánticos: entender la naturaleza de la decoherencia indicará cómo construir arquitecturas de cúbits estables.
A futuro, cadenas de estos toroides, unidos por restricciones topológicas, formarán una nueva clase de simuladores cuánticos. Las interacciones en ellos no estarán dictadas por campos, sino por condiciones globales, como un baile donde los compañeros se comunican con la mirada. La detección mediante interferómetros superconductores (SQUIDs) brindará la resolución temporal para seguir cada paso cuántico. Y luego, redes con conexiones no locales e información distribuida, donde la señal no necesita cables.
🎯 Es interesante que el cuanto de flujo magnético Φ₀ = h/(2e) pueda considerarse como el «átomo» mínimo de magnetismo en un superconductor. Precisamente él marca el «paso» del baile en el experimento descrito.