La superconductividad y el campo magnético son enemigos eternos: el campo irrumpe como un torbellino, rompiendo el delicado emparejamiento de los pares de Cooper y destruyendo el orden. Pero en materiales con fuertes correlaciones electrónicas, donde las partículas parecen bailar un minueto de atracción y repulsión, la enemistad a veces se transforma en alianza. Esto es precisamente lo que ocurre en el cristal de ditelururo de uranio UTe2. Aquí, el campo magnético no es un huracán destructivo, sino un jardinero paciente que cultiva tres flores raras de superconductividad en lo que parecía un páramo cuántico estéril. Las fases SC1, SC2 y SC3 se suceden una tras otra, obedeciendo a los más mínimos cambios en la intensidad y el ángulo del campo, como si un director invisible marcara el ritmo de una sinfonía.
Un monocristal de pureza récord (resistencia residual 576) con una temperatura crítica de 2,05 K fue colocado en un campo estático de hasta 42 T, y el paisaje de estados cuánticos se reveló con sutiles matices. A lo largo del eje b, la fase de campo bajo SC1 da paso a SC2 ya a 20 T. Pero basta inclinar el campo más de 20 grados hacia el eje c para que aparezca la enigmática SC3. Su verdadera resistencia cero solo surge tras la transición metamagnética a 34 T, como si se abriera una puerta secreta a un mundo donde los espines están alineados y los pares entrelazados, contra todo pronóstico, adquieren estabilidad. Las mediciones de la dependencia de la temperatura a distintos ángulos revelaron que SC2 y SC3 pueden coexistir en un estrecho corredor de parámetros, y la temperatura crítica de SC3 se dispara con el ángulo, igual que una flor que busca el sol.
Estos descubrimientos desafían el modelo clásico de Jaccarino–Peter, donde la superconductividad se salvaba solo por la compensación exacta del campo externo mediante la interacción de intercambio interna. En cambio, pasan al primer plano las fluctuaciones magnéticas críticas que se intensifican cerca de la transición metamagnética, como una tormenta que no destruye, sino que crea. Este panorama resuena con los grandes trabajos de John Bardeen (teoría BCS) y Lev Landau (líquido de Fermi), pero exige su extensión hacia el territorio inexplorado de las correlaciones fuertes. El UTe2 se convierte en un laboratorio ideal donde, en un mismo matraz, se mezclan la superposición de estados de espín y el condensado de pares electrónicos, que obedece la estadística de Bose-Einstein. Aquí, las fluctuaciones cuánticas no son un molesto obstáculo, sino una herramienta de creación.
Desentrañar esta evolución de la entropía inducida por el campo y la reorganización de las bandas de energía promete la creación de imanes superconductores de una fuerza sin precedentes, desde reactores de fusión hasta aceleradores de próxima generación. Estamos en el umbral de comprender cómo los electrones fuertemente correlacionados y la topología de la superficie de Fermi engendran nuevos estados de la materia cerca de puntos críticos cuánticos. El ditelururo de uranio, con sus tres rostros superconductores, nos recuerda: a veces, la destrucción no es el final, sino el principio.
El ditelururo de uranio es uno de los pocos materiales donde la superconductividad no solo sobrevive al campo magnético, sino que literalmente florece: a campos superiores a 34 T se abre una 'ventana' para una nueva fase superconductora, que persiste hasta los 70 T, un récord absoluto para superconductores masivos.